Τετάρτη, 1 Φεβρουαρίου 2012

El sendero de los mitos

¿Cuántas cosas podemos hacer con un mito, aparte de leerlo? Αanalizarlo, transformarlo, convertirlo en una canción, un cuento, un dibujo... Escuchad esta preciosa canción de Presuntos Implicados. ¿Qué os parece la letra?



Ícaro como un pequeño dios
desafiando al sol,
y ahora yo
que soy un joven gorrión
y quiero el nido abandonar.

Y aunque a veces me asuste volar,
lejos del cobijo de un hogar,
sé que habrá un viento cálido más
para dejarme llevar.

Ícaro, como un pequeño dios 
desafiando a todo un sol,
y se marchó tan alto como un vendaval,
tan lejos como una canción.

Más envidioso el sol le abrazó
derritiendo en cera su valor
y aunque le fue advertida la lección
Ícaro se derrumbó, se derrumbó. 
Volaré bajito a ras del suelo,
como pluma el viento me llevará
sin perder de vista el horizonte,
como pluma el viento me llevará.

Y ahora yo que soy pequeño gorrión
y quiero el nido abandonar;
siento que no puedo estar ya más aquí,
llegó la hora de partir.

Más aunque al este no nazca el sol,
y las aves de invierno no emigren al sur,
sé que habrá un viento cálido más
para dejarme llevar, dejarme llevar 

Estos son los relatos que tenéis que leer (en clase los repartiremos) que serán la base de vuestro próximo trabajo.                                                     
 
Relatos mitológicos: El sendero de los mitos, Ed. Anaya. 
El laurel de Apolo
Helena y la guerra de Troya
Teseo y el Minotauro
Atalanta, la de los pies ligeros
Dédalo e Ícaro: historia para un laberinto
La cólera de Aquiles
Prometeo
Los Argonautas y el vellocino de oro
El regreso de Ulises
Los trabajos de Hércules

Una vez leídos elaboraréis en grupo una presentación en power point con los datos más importantes del mito y su pervivencia en la música, las artes, la lengua, la literatura, el cine....

Además haréis un ejercicio de literatura creativa, contando el mito a vuestra manera, cambiando la perspectiva, el final, centrándoos en un personaje en particular... Un buen ejemplo es este microrrelato de Augusto Monterroso ¿En qué sentido cambia el mito?
La tela de Penélope o quién engaña a quién
Augusto Monterroso

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

 También os recomiendo leer el intrigante relato de Borges ¿Qué pistas nos va dando sobre el personaje que habla?
LA CASA DE ASTERIÓN
Jorge Luis Borges

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madra; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprndiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensantgriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redeentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. 
 
καλό διάβασμα